martes, 14 de julio de 2020

Estudio Argentino Nueva proteina explica las bases moleculares del camuflaje en ranas


La unión de una proteína a un pigmento posibilita el camuflaje de la rana punteada con el follaje. 
Créditos: Andrés Brunetti

Los investigadores lograron describir ese fenómeno clave para la supervivencia en ranas punteadas obtenidas en camalotes de Santa Fe y Corrientes.

Científicos argentinos identificaron el sorprendente mecanismo molecular que utiliza una rana sudamericana para camuflarse con el follaje y, de ese modo, evadir predadores, según un estudio que publica la revista “Proceedings” de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos (PNAS).

Se trata de la rana punteada o Boana punctata, una pequeña rana verde amarillenta que mide entre 3 y 4 centímetros y se distribuye en bosques, pantanos y áreas urbanas de Argentina y la mayoría de los otros países de Sudamérica.

Esta rana ya había sorprendido al mundo por su fluorescencia verde, el primer ejemplo en anfibios, que también fue publicada por el mismo grupo en la revista PNAS en 2017.

Ahora, como resultado de una colaboración multidisciplinaria los científicos revelaron el “truco” bioquímico para el camuflaje: la unión de un pigmento llamado biliverdina a una proteína hasta ahora desconocida, BBS o “Biliverdin Binding Serpin”, lo cual permite a la rana adoptar un color verde similar al follaje.

“Identificar esa proteína no fue sencillo”, explicó Lucía Chemes, una de las directoras del estudio e investigadora de CONICET en el Instituto de Investigaciones Biotecnológicas (IIBIO), que depende también de la UNSAM.

Pero se pudo lograr mediante una herramienta poderosa, la espectrometría de masa.

“Al unirse a la biliverdina, BBS causa un cambio en el color del pigmento y le permite imitar casi a la perfección el color del follaje donde se posan las ranas”, expresó Chemes, quien desarrolló parte del trabajo como investigadora del Instituto Leloir.

El resultado fue sorprendente, dijo Chemes, porque la nueva proteína pertenecía a una familia muy conocida de proteínas llamadas “serpinas”, aunque no se conocía ningún ejemplo de serpina que fuese capaz de unir a la biliverdina.

“Nos resultó muy novedoso”, enfatizó.

Según Sara Bari, también directora del estudio e investigadora del Instituto de Química Física de los Materiales, Medio Ambiente y Energía (INQUIMAE), que depende de la UBA y del CONICET, “la proteína BBS cambia la conformación del pigmento biliverdina y así pasa de un color verde, tal como aparece cuando tenemos un hematoma en la piel, a un hermoso a azul verdoso, permitiendo a la rana imitar el color del follaje donde se posa. 

“Este mecanismo de camuflaje nos sorprendió”, enfatizó.

Otra dificultad para revelar la identidad y función de BBS es que los genomas de los animales tienen muchas copias de genes que fabrican serpinas y el conocimiento de esta familia en anfibios “es prácticamente nulo.

A pesar de esta dificultad, pudimos identificar que en todos los casos se trataba de una serpina que se une a biliverdina”, apuntó Carlos Taboada, primer autor del estudio e investigador de la Universidad Duke, Estados Unidos, quien desarrolló parte del trabajo como estudiante doctoral en el Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia” (MACN) y en el INQUIMAE. 


Lucía Chemes (izq.), Julián Faivovich, Sara Bari y Carlos Taboada.

Y agregó que el mismo mecanismo explica la capacidad de camuflaje de un amplio conjunto de ranas arborícolas de América Central, América del Sur, África y Asia.

Además del camuflaje, la BBS podría tener otras funciones y aplicaciones. 

Por ejemplo, como esa proteína es capaz de absorber y emitir luz en la región del rojo lejano, podría permitir visualizar procesos en el interior de los tejidos.

O podría acoplarse a anticuerpos que puedan pegarse a proteínas de interés científico, médico, biotecnológico o industrial, de modo tal de permitir su observación.

El nuevo estudio fue coliderado por Julián Faivovich, del MACN, del CONICET y de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA.

Otros científicos argentinos que participaron fueron María Gabriela Lagorio, del INQUIMAE, y Andrés Brunetti, del Instituto de Biología Subtropical, que depende del CONICET y de la Universidad Nacional de Misiones, y Ana Faigón Soverna, del MACN y del CONICET.

También firmaron el trabajo colegas de la Universidad de San Pablo y la Universidad Estadual Paulista, ambas de Brasil; de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador; y de las universidades Duke y de Florida Central, Estados Unidos.

Agencia CyTA-Leloir

domingo, 12 de julio de 2020

"Todo por 100 Pesos" Desarrollan Biosensor Porttil y economico que detecta 15 contaminantes en agua


El dispositivo ROSALIND detecta 15 contaminantes en agua, 
cuesta menos de 100 pesos y es más chico que una mano.

Todo por 100 Pesos” Desarrollan Biosensor Porttil y economico 
que detecta 15 contaminantes en agua 

Podría reemplazar equipos que cuestan cientos de miles de dólares y se llama ROSALIND, en honor a una científica que fue clave en el descubrimiento de la estructura del ADN.

Se desarrolló en Estados Unidos con participación argentina.

Un biosensor fácil de usar, portátil, accesible para la población y mucho más económico que equipos en el mercado permite detectar contaminantes en agua, informó la prestigiosa revista “Nature Biotechnology”.

“El sensor viene a satisfacer la necesidad de las personas que enfrentan inseguridad hídrica (riesgo de contaminación de las aguas de consumo), de modo que puedan encontrar respuestas locales y accedan a la información de forma más directa”, expresó a la Agencia CyTA-Leloir la doctora en química Daiana Capdevila, quien participó del proyecto durante una estadía postdoctoral en la Universidad de Indiana, en Estados Unidos, y ahora se desempeña como jefa del Laboratorio Fisicoquímica de Enfermedades Infecciosas en la Fundación Instituto Leloir (FIL).

El desempeño del producto fue tan eficaz que ahora comenzarán las etapas para que salga al mercado.

El proyecto fue liderado por Julius Lucks, Kirsten Jung y Khalid Alam, de la Universidad Northwestern, en Illinois, Estados Unidos. Y la “magia” del biosensor es que copia el funcionamiento de las bacterias que detectan todo tipo de sustancias extrañas para defenderse.


Daiana Capdevila participó del proyecto durante una estadía postdoctoral en la Universidad de Indiana, en Estados Unidos, y ahora se desempeña como jefa del Laboratorio Fisicoquímica de Enfermedades Infecciosas en el Instituto Leloir.

Tal como describe la revista “Nature Biotechnology”, los investigadores incorporaron esos sensores celulares en dispositivos que detectaron y midieron con mucha especificidad más de 15 contaminantes distintos: metales como cobre, plomo, zinc, cadmio; varios tipos de antibióticos; y hasta elementos presentes en maquillaje.

El biosensor se llama ROSALIND en honor a la cristalógrafa Rosalind Franklin, una figura clave en el descubrimiento de la estructura en doble hélice del ADN.

Falleció antes de que James Watson y Francis Crick recibieran el Nobel y su aporte no fue reconocido.

Habría cumplido 100 años a finales de este mes (25 de julio).

“Lo mágico del dispositivo es que reproduce fuera de la célula lo mismo que sucedería dentro de ella: una fábrica que, en lugar de hacer proteínas, fabrica exclusivamente unas moléculas que dan un color verde observable a simple vista cuando entran en contacto con los contaminantes”, indicó Capdevila, también investigadora del CONICET.


ROSALIND está dotado de una lámpara Led en una pequeña cajita negra (más chica que una mano) capaz de contener un tubo con moléculas de ADN donde tiene lugar la reacción.

Ya se empleó en California, Estados Unidos, para contribuir a decidir qué casas podían ser habitadas luego de un incendio que había contaminado las napas.

Aunque “cuesta menos de 100 pesos argentinos”, dijo Capdevila, tuvo un desempeño comparable al de equipos de varios cientos de miles de dólares que requieren personal capacitado.

La falta de acceso al agua potable es un problema global (se calcula que casi 8 de cada 10 habitantes en el mundo está en riesgo de inseguridad hídrica), y los métodos para detectar contaminantes de manera confiable son una necesidad para poder monitorear ese recurso clave.

“Estoy convencida de que en Argentina hay muchos lugares donde sería útil contar con maneras más económicas y directas de medir contaminantes en agua”, subrayó Capdevila, quien añadió que está trabajando en un proyecto para adaptar el biosensor a la determinación de arsénico, un contaminante natural muy abundante en las napas de nuestro país.

Agencia CyTA-Leloir

martes, 9 de junio de 2020

COVIT 19 En aguas cloacales van a medir niveles de coronavirus


Las científicas a cargo del proyecto de izquierda a derecha, arriba: María Dolores Blanco Fernández, Viviana Mbayed y Carolina Torres. Abajo: Sofía Díaz y Melina Barrios.

La técnica en desarrollo de los científicos del CONICET y de la UBA permitirá establecer cómo se modifica a lo largo del tiempo la cantidad de virus excretado en materia fecal como una medida de la circulación del virus en la población, lo que permitirá evaluar el impacto de las distintas medidas o intervenciones de salud pública como el distanciamiento social.

Argentina tendrá una técnica propia para detectar al nuevo coronavirus SARS-CoV-2 en efluentes cloacales, lo cual permitirá monitorear la efectividad de las medidas de control y hasta anticipar posibles picos de casos en días subsiguientes.

El objetivo general del proyecto es “realizar una vigilancia de la infección por SARS CoV-2 a nivel poblacional, realizando la detección y cuantificación viral en los líquidos cloacales recolectados de los domicilios de miles de personas y que luego ingresan a las plantas depuradoras”, afirmó a la Agencia CyTA-Leloir Viviana Mbayed, profesora asociada de la Cátedra de Virología de la Facultad de Farmacia y Bioquímica (FFyB) de la UBA.

El enfoque ya ha mostrado su utilidad en otros países.

Un estudio de la Universidad de Yale, por ejemplo, mostró que la evolución de las concentraciones del material genético del nuevo coronavirus (SARS-CoV-2) que se miden en los desechos cloacales es similar a la curva de casos de los días posteriores.

Mbayed, quien también es investigadora del CONICET, ya tiene experiencia en esta metodología.

El año pasado, junto a colegas, publicó en la revista “Journal of Virological Methods” el desarrollo de una técnica capaz de detectar no solo la presencia de virus (como poliomavirus y adenovirus) en aguas residuales de domicilios e industrias alimentarias, sino también rastrear su fuente, es decir establecer una asociación con la especie animal que los excreta (humanos, bovinos o aves).

La herramienta está siendo desarrollada por Mbayed junto a María Dolores Blanco Fernández, Carolina Torres, Melina Barrios y Sofía Díaz, de la misma cátedra y facultad. Y constituirá un método de vigilancia no invasiva para describir la dinámica de la carga del virus excretado en materia fecal por la población general infectada, tanto individuos sintomáticos como asintomáticos, lo que podría usarse para medir la efectividad de las intervenciones epidemiológicas como la cuarentena y el distanciamiento social.

Asimismo, Mbayed resaltó que la estrategia podría servir para alerta temprana sobre reintroducciones del virus en la población una vez que haya disminuido su circulación.

Otro objetivo del trabajo será la descripción de la diversidad viral, para lo cual “se secuenciarán los genomas virales detectados”, puntualizó Mbayed.

El trabajo fue uno de los 64 seleccionados para buscar soluciones contra COVID-19 con financiamiento de la Agencia I+D+i Agencia Nacional de Promoción de la Investigación, el Desarrollo Tecnológico y la Innovación del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva (MINCYT).

Según refirió la viróloga, hay varios grupos de investigación nucleados dentro del grupo de trabajo “Detección de coronavirus en el ambiente” de la Unidad Coronavirus del MINCYT.

“Estamos trabajando coordinadamente para poder tener resultados lo antes posible, pero se requiere de la estandarización de metodologías previamente”, indicó Mbayed.

La técnica de detección del SARS-Cov2 en aguas cloacales será una herramienta complementaria a las ya vigentes para monitorear la circulación del virus en poblaciones humanas, “y tiene la ventaja de no requerir de muestras individuales de personas, sino que cada una de las muestras de líquidos cloacales representa a muchos individuos potencialmente infectados”, concluyó Mbayed.

Agencia CyTA-Fundación Leloir


lunes, 18 de noviembre de 2019

Tecnica para desinfectar aguas - desarrollan cientificos de Bahia Blanca


La técnica de los científicos de Bahía Blanca sería útil para desinfectar agua extraída de pozos 
y para el tratamiento de efluentes cloacales.

Sería particularmente útil para hogares que la extraen de pozos y para el tratamiento de efluentes cloacales. 

Remueve el 99% de un tipo de bacterias que causan diarrea, infecciones del tracto urinario y neumonía, entre otras enfermedades.

Una técnica sencilla para limpiar agua contaminada con bacterias patógenas fue desarrollada por científicos argentinos.

El avance sería particularmente apropiado para casas y escuelas que no cuentan con servicios de red y la extraen de pozo, así como para el tratamiento de efluentes cloacales.

Además de sales y arsénico, el agua de pozo puede tener Escherichia coli: un grupo grande de bacterias que se encuentra en el ambiente, los alimentos y los intestinos de las personas y los animales. 

Aunque la mayoría de las cepas son inofensivas, otras pueden causar diarrea, infecciones del tracto urinario, enfermedades respiratorias, y otras patologías.

“Nuestra herramienta logró remover casi el 100% de los patógenos”, indicó la Agencia CyTA-Leloir, la primera autora del trabajo, la doctora María Belén González, investigadora del Instituto de Ingeniería Electroquímica y Corrosión (INIEC), en Bahía Blanca.

“Si bien se probó en condiciones de laboratorio, podrían desarrollarse sistemas masivos de tratamiento de aguas residuales para proteger los ecosistemas y, por lo tanto, la salud humana y animal”, añadió.

La técnica se basa en la inmovilización de especies de cobre sobre una superficie porosa formada por polímeros, constituyendo una especie de filtro o “celda de flujo continuo”.

En el estudio, los investigadores pusieron agua de pozo contaminada con Escherichia coli en contacto con ese material.

Y midieron la carga microbiana antes y después de atravesarlo.

“En algunos casos, la reducción llegó a un 99%”, indicó la investigadora de la institución que depende del Departamento de Ingeniería Química de la Universidad Nacional del Sur (UNS) y del CONICET.

“Está previsto continuar con los ensayos, en particular vamos a intentar mejorar  la herramienta probando la inmovilización de nanoparticulas de plata sobre la superficie porosa”, indicó González.

Del avance, descrito en la revista “

”, también participaron Daniel Flamini y Silvana Saidman, del INIEC; Lorena Brugnoni, del  Instituto de Investigaciones Biológicas y Biomédicas del Sur (INBIOSUR), que depende del Departamento de Biología, Bioquímica y Farmacia de la UNS; y Lidia Quinzani, de la Planta Piloto de Ingeniería Química (PLAPIQUI), dependiente de la UNS y del CONICET.

Agencia CyTA-Fundación Leloir


domingo, 3 de noviembre de 2019

Frutillas - Potenciar beneficios para la salud buscan cientificos santafesinos


Los investigadores de Santa Fe identificaron condiciones óptimas de almacenamiento que podrían aumentar los beneficios terapéuticos, incluyendo efectos antioxidantes, antiinflamatorios 
y cicatrizantes de compuestos presentes en las frutillas.

Investigadores del Instituto de Tecnología de Alimentos lograron extender la vida útil de la fruta y estudian sus propiedades cicatrizantes y antiinflamatorias.

Frente a la tentación de comer algo dulce, “¿quién le puede decir que no a las frutillas?”, pregunta la actriz Jessica Alba.

Pero el delicioso fruto rojo no solo cautiva los sentidos, sino que promueve la salud.

En un flamante estudio, investigadores de Santa Fe lograron identificar condiciones óptimas de almacenamiento que podrían aumentar sus beneficios terapéuticos, incluyendo efectos antioxidantes, antiinflamatorios y cicatrizantes.

El nuevo estudio fue publicado en la revista “Food Science and Nutrition”.

Cuando los científicos almacenaron frutillas en una atmósfera enriquecida en oxígeno y dióxido de carbono, no solo prolongaron su vida útil, sino que también “se logró mejorar su capacidad promotora de la cicatrización”, según indicó el doctor Franco Van de Velde, investigador del Instituto de Tecnología de Alimentos (ITA) que depende de la Facultad de Ingeniería Química de la Universidad Nacional del Litoral (UNL), en Santa Fe.


El doctor Franco Van de Velde, investigador del Instituto de Tecnología de Alimentos que depende de la Facultad de Ingeniería Química de la Universidad Nacional del Litoral, en Santa Fe.

En un trabajo previo, Van de Velde y colegas comprobaron que las frutillas almacenadas en atmósferas altas en oxígeno y dióxido de carbono mantuvieron su calidad microbiológica y sensorial por hasta 20 días.

“Además, observamos que se producía una acumulación importante de compuestos fenólicos”, indicó el también investigador del CONICET y profesor de la UNL.

Ahora, los científicos almacenaron frutillas frescas (Fragaria ananassa Duch. variedad ‘Camino Real) durante 20 días a 5ºC, expuestas a concentraciones elevadas de oxígeno y dióxido de carbono.

Y constataron que esas condiciones incrementaron su actividad antioxidante.

“Estas condiciones atmosféricas ocasionan un efecto de estrés abiótico sobre el metabolismo secundario de las frutillas que, para defenderse, producen una mayor síntesis de compuestos fenólicos (metabolitos con distintos beneficios para la salud)”, explicó el científico santafesino.

En otra etapa del estudio, los investigadores documentaron en el laboratorio efectos terapéuticos de las frutillas.

Aplicaron extractos en un cultivo in vitro de fibroblastos de piel humana y vieron que aumentaba su proliferación y migración, lo que sugiere una acción cicatrizante.

Además, realizaron experimentos en cultivos celulares de roedores y comprobaron que los compuestos fenólicos de las frutillas logran suprimir genes proinflamatorios.

El almacenamiento postcosecha de frutillas “en este tipo de atmósferas especiales podría ser una alternativa prometedora para extender su vida útil y ofrecer frutas con un potencial bioactivo mejorado”, afirmó Van de Velde.


Investigadores del Instituto de Tecnología de Alimentos que depende de la Facultad de Ingeniería Química de la Universidad Nacional del Litoral, en Santa Fe.

Y agregó: “No obstante todavía hay un camino que recorrer para poder transferir esta tecnología al sector productivo”.

Del avance también participaron María Paula Méndez‐Galarraga, del ITA y del CONICET; María Élida Pirovani, del ITA; y Mary Ann Lila, Debora Esposito, John Overall y Mary Grace del Plant for Human Health Institute de la Universidad de Carolina del Norte, en Estados Unidos.

Agencia CyTA-Fundación Leloir


Un polisacarido de las algas puede ser la base de nuevos excipientes farmaceuticos


Los autores del estudio: Yasmin Daglio (izq.), María Cecilia Rodríguez, María Cristina Matulewicz 
y Héctor Juan Prado.

Investigadores de la UBA y del CONICET estudian utilizar el polisacárido como excipiente novedoso para mejorar la performance de comprimidos.

Un polisacárido de algas podría guardar la clave para el desarrollo de comprimidos que liberen fármacos en el lugar y momento precisos, ya sea de manera rápida o lenta.

Así lo sugiere un estudio de científicos argentinos.

En comprimidos de liberación inmediata, los “desintegrantes” favorecen la rápida ruptura  de su estructura, al tomar contacto con fluidos del aparato digestivo, colaborando así en la liberación de fármacos y suelen ser derivados de la celulosa, de almidones o polímeros sintéticos. 

Sin embargo, a menudo estos materiales presentan incompatibilidades físicas o químicas y otras limitaciones, como la cantidad requerida en la formulación, por lo que se buscan nuevas alternativas.

Ahora, científicos de la UBA y del CONICET identificaron propiedades muy alentadoras en un polisacárido o cadena de unidades de azúcares que está presente en un alga unicelular de agua dulce, Euglena gracilis.

Su nombre es paramilon y, como el almidón, su función biológica original es de reserva energética.

“El paramilon puede ser un desintegrante de interés para la industria farmacéutica”, afirmaron a la Agencia CyTA-Leloir los directores del estudio, María Cristina Matulewicz, del Centro de Investigación en Hidratos de Carbono (CIHIDECAR, UBA-CONICET), y Héctor Juan Prado, del Instituto de Tecnología de Alimentos y Procesos Químicos (ITAPROQ, UBA-CONICET).

En estudios de laboratorio, los investigadores comprobaron que el polisacárido de este alga “presentó tiempos de desintegración iguales o menores que el mejor producto comercial usado como control”.

Por otra parte, la modificación química del paramilon,  por introducción de grupos funcionales con cargas positivas o negativas, conduce a la formación de estructuras de tipo hidrogel que pueden prolongar de manera notable el tiempo de desintegración.

“Eso sería útil cuando se busca enlentecer la velocidad de liberación del principio activo presente en el comprimido, por ejemplo en aplicaciones de liberación controlada”, explicaron Matulewicz, también profesora del Departamento de Química Orgánica de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales (FCEN) de la UBA, y Prado, quien también se desempeña como docente de la Cátedra de Tecnología Farmacéutica II en la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la UBA.

En una próxima etapa, los científicos proyectan estudiar formulaciones con una variedad de fármacos modelo “para ver cómo el efecto desintegrante del paramilon se ve afectado por la presencia de distintos principios activos”.

El estudio fue publicado en “Carbohydrate Research”.

Y también participaron las doctoras Yasmín Daglio (primera autora), del CIHIDECAR, y María Cecilia Rodríguez, de la FCEN de la UBA.

Agencia CyTA-Fundación Leloir


miércoles, 9 de octubre de 2019

Premio Nobel de Química 2019

Ill. Niklas Elmehed. © Nobel Media.
El Premio Nobel de Química 2019 fue otorgado conjuntamente a John B. GoodenoughM. Stanley Whittingham y Akira Yoshino "por el desarrollo de baterías de iones de litio".

Anuncio del Premio Nobel de Química 2019



Crearon un mundo recargable

El Premio Nobel de Química 2019 premia el desarrollo de la batería de iones de litio.

Esta batería ligera, recargable y potente ahora se usa en todo, desde teléfonos móviles hasta computadoras portátiles y vehículos eléctricos.

También puede almacenar cantidades significativas de energía de la energía solar y eólica, haciendo posible una sociedad libre de combustibles fósiles.

Las baterías de iones de litio se utilizan a nivel mundial para alimentar los dispositivos electrónicos portátiles que utilizamos para comunicarnos, trabajar, estudiar, escuchar música y buscar conocimiento.

Las baterías de litio también han permitido el desarrollo de automóviles eléctricos de largo alcance y el almacenamiento de energía de fuentes renovables, como la energía solar y eólica.

La base de la batería de iones de litio se sentó durante la crisis del petróleo en la década de 1970.

Stanley Whittingham trabajó en el desarrollo de métodos que podrían conducir a tecnologías de energía libre de combustibles fósiles.

Comenzó a investigar superconductores y descubrió un material extremadamente rico en energía, que utilizó para crear un cátodo innovador en una batería de litio.

Esto fue hecho de disulfuro de titanio que, a nivel molecular, tiene espacios que pueden albergar, intercalar, iones de litio.

El ánodo de la batería estaba hecho parcialmente de litio metálico, que tiene un fuerte impulso para liberar electrones.

Esto dio como resultado una batería que literalmente tenía un gran potencial, un poco más de dos voltios.

Sin embargo, el litio metálico es reactivo y la batería era demasiado explosiva para ser viable.

John Goodenough predijo que el cátodo tendría un potencial aún mayor si se hiciera usando un óxido metálico en lugar de un sulfuro metálico.

Después de una búsqueda sistemática, en 1980 demostró que el óxido de cobalto con iones de litio intercalados puede producir hasta cuatro voltios. Este fue un avance importante y conduciría a baterías mucho más potentes.

Con el cátodo de Goodenough como base, Akira Yoshino creó la primera batería de iones de litio comercialmente viable en 1985.

En lugar de usar litio reactivo en el ánodo, usó coque de petróleo, un material de carbono que, como el óxido de cobalto del cátodo, puede intercalar iones de litio .

El resultado fue una batería ligera y resistente que podía cargarse cientos de veces antes de que su rendimiento se deteriorara.

La ventaja de las baterías de iones de litio es que no se basan en reacciones químicas que descomponen los electrodos, sino en iones de litio que fluyen de un lado a otro entre el ánodo y el cátodo.

Las baterías de iones de litio han revolucionado nuestras vidas desde que ingresaron al mercado en 1991.

Han sentado las bases de una sociedad inalámbrica, libre de combustibles fósiles, y son de gran beneficio para la humanidad.



Ilustraciones

Las ilustraciones son de uso gratuito para fines no comerciales.

Atributo "© Johan Jarnestad / La Real Academia Sueca de Ciencias"

Tabla periódica de litio (pdf)

La batería de Whittingham (pdf)

Whiskers (pdf)

La batería de Goodenough (pdf)

La batería de Yoshino (pdf)

Lea más sobre el premio de este año



John B. Goodenough, nacido en 1922 en Jena, Alemania.

Doctor. 1952 de la Universidad de Chicago, Estados Unidos. Virginia H. Cockrell Cátedra de Ingeniería en la Universidad de Texas en Austin, Estados Unidos.

M. Stanley Whittingham, nacido en 1941 en el Reino Unido.

Doctor. 1968 de la Universidad de Oxford, Reino Unido.

Profesor Distinguido en la Universidad de Binghamton, Universidad Estatal de Nueva York, Estados Unidos.

Akira Yoshino, nacido en 1948 en Suita, Japón.

Doctor. 2005 de la Universidad de Osaka, Japón.

Miembro honorario de Asahi Kasei Corporation, Tokio, Japón y profesor de la Universidad Meijo, Nagoya, Japón.

Cantidad del premio: 9 millones de coronas suecas, que se repartirán por igual entre los galardonados.

Experto: Olof Ramström, miembro del Comité Nobel de Química, +46 70 433 42 60, ramstrom@protonmail.com

La Real Academia de Ciencias de Suecia, fundada en 1739, es una organización independiente cuyo objetivo general es promover las ciencias y fortalecer su influencia en la sociedad.

La Academia asume una responsabilidad especial por las ciencias naturales y las matemáticas, pero se esfuerza por promover el intercambio de ideas entre diversas disciplinas.

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